La gran estafa

ARGELIA RÍOS |  EL UNIVERSAL

No son mentirillas blancas. Nunca lo han sido. Desde antes de arribar al poder, la mentira ya era la esencia de su liderazgo. Chávez ha mentido siempre en abundancia y sin sonrojo. En su caso nunca hubo engaños pequeños o insignificantes: la preparación del golpe que comandó le exigió una gran destreza para desenvolverse entre las sombras y las máscaras. Nada distinto podía haberse engendrado de aquellas andanzas clandestinas, de las cuales solo se sobrevive trabando un cuidadoso compromiso con la farsa y el disimulo.

Hoy, muchos años después de su aventura cuartelaria, todo sigue el curso turbio y sinuoso en el que transcurría la conspiración febrerista. En los márgenes de las fanfarrias propagandísticas del “proceso”, las cosas más importantes se manejan en medio de susurros: desde las sagradas finanzas públicas, hasta la enfermedad del Presidente, cuya gravedad se resguarda con el mismo celo con que se enmascaraba la conjura contra la democracia de Punto Fijo.

Chávez y su revolución han asumido que la política es el lugar privilegiado de la mentira, el simulacro y la impostura. No es exagerado decir que Venezuela toda es una gigantesca escenografía y que los venezolanos, felices con sus espejitos, han sido reducidos al rol de “usuarias y usuarios” pasivos del teleculebrón nacional. La trama de la novela es una hilera de fraudes ornamentados, a la cual se le ha añadido el misterio de una enfermedad y la terquedad reeleccionista de un protagonista empeñado en darse unas exequias doradas, aunque en el intento se tiznen peligrosamente las páginas siguientes del devenir venezolano.

Los guionistas de esta telenovela preñada de ocultamientos y camuflajes, son los mismos que han escrito un sinnúmero de “conquistas históricas”, fabricadas en cartón-piedra y anime; los mismos que -a fuerza de falacias maquilladas- han recreado la ficción de un país bien encaminado, que desciende dichoso por su turbulento despeñadero. En la Venezuela de hoy todo es una estafa bien embalada con las pompas de un glosario en el que las grandilocuencias revolucionarias abundan para desnaturalizar las verdades del barranco nacional.

Hasta aquí hemos llegado, cargando ahora con un Presidente que miente sobre sus limitaciones para gobernar, después un trayecto rodeado de invenciones y engaños: el mayor de ellos, el del “empoderamiento popular”, cuyo aparente lustre compite con el tamaño de la patraña que esconde… Ya sabíamos que nada bueno saldría de este relato en el que el gentilicio venezolano ha resultado humillado y corrompido hasta sus huesos… Es eso lo que nos ha ocurrido, aunque la enciclopedia bolivariana, en plan de adoctrinamiento, hable de la liberación de los oprimidos… Llegó la hora de decir ¡basta!

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