Me iría demasiado

Por Oliver Blanco

Nunca es suficiente. Cada vez que pensamos que es imposible que un ser humano sea mas cínico, Hugo Chávez  se supera a sí mismo y demuestra lo contrario.

Durante una de sus recientes declaraciones, Chávez exclamó que le dolía que en el video “Caracas Ciudad de Despedidas” se pronunciara la frase “me iría demasiado” y sentenció que los venezolanos deberíamos estar orgullosos de nuestra historia, de nuestra tierra y de lo que somos. (Ovario II dice: Pero ¿cual historia, la de verdad o la que re-escribió él?)

Sin ánimos de evaluar el documental o su nivel de profundidad y asertividad, aquella frase expresada-aunque desarticuladamente-representa el anhelo de muchos jóvenes venezolanos.

¿Y por qué? Es que es definitivamente desorbitado, al menos para mí, sentirme orgulloso de un país en el que en los últimos 14 años han muerto más de 160 mil compatriotas, en el cual no hay calidad de vida ni para el pobre ni para quien pueda pagarla, y se nos ha sometido a la involución por estar irremediablemente secuestrados por el miedo y los numerosos problemas cotidianos que hacen que dejemos de pensar en grande.

Chávez, sin duda, es una combinación elevada del pasado, acabó descubriendo y sacando lo peor de nosotros: desde el odio hasta la resignación.

¿Cómo se  puede ser exitoso en un país sin instituciones, referentes, oportunidades ni espacios? Gracias a la adaptación, los venezolanos nos sentimos inmensamente realizados y, a veces, con razón, al lograr tener un actor que triunfe en el mundo, un atleta, un músico, algunos diseñadores y así en lo sucesivo. Pero dejamos de ver hacia afuera de nuestras fronteras donde países más pequeños y que han tenido menos oportunidades que nosotros están haciendo cosas mucho mas grandes y no tienen uno, sino miles de talentosos.

¿Cuál es nuestro problema? Definitivamente más que el problema principal, Chávez es el principal obstáculo para poder comenzar a pensar en otro país, pero por un momento preguntémonos: ¿De qué hablan nuestros políticos? Durante años se ha hablado de más policías pero no de menos violencia, nuestras metas parecen ser construir más viviendas que ciudadanos empoderados y nuestras expectativas en educación son más escuelas y pupitres que formar estudiantes para la economía de conocimiento en un mundo competitivo donde la ciencia dejó atrás la ideología.

Así que el Presidente saliente no tiene moral para criticar a los jóvenes que deciden abrirse horizontes fuera del país que el terminó de destruir. Pero nosotros debemos comenzar a pensar en algo más allá que reconstruir lo que ya existía o garantizar calidad de vida, necesidades básicas o los derechos civiles de nuestra gente, cosas perfectamente normales en una nación. Más bien debemos pensar en como insertarnos en un mundo que le apuesta a una educación amplia, que  haga gente útil para el trabajo y que entienda que la clave del futuro esta en la nuevas tecnologías, la energía, la innovación, la competitividad y no en los complejos históricos que esclavizan el futuro de las sociedades.

Si Venezuela no se adapta al nivel de exigencia de sus ambiciosos jóvenes, acabará exportando todo su talento.

Pensemos en grande.

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