¿ESE NO ERA UNO QUE…?

Por MILAGROS SOCORRO

El sin cuello David de Lima…

Al tener noticia de las declaraciones del ex gobernador de Anzoátegui, David de Lima, el periodista Boris Felipe comentó en las redes sociales que había ido a Google para saber de quién se estaba hablando. Fue una manera certera y concisa de aludir a la insignificancia del personaje, y, de paso, resaltar hasta dónde ha desbarrado el oficialismo en su afán de desprestigiar a la unidad democrática, que ya está echando garra a los saldos que han descendido varios escalones de abaratamiento, como esos tomates en las periferias de los mercados, que los han ido rebajando hasta rematarlos a tres cobres el huacal.

Yo, en cambio, recordaba perfectamente a De Lima, pese a haberlo visto una sola vez y hace mucho tiempo. Lo que dijo en esa oportunidad me causó verdadera impresión. Fue en una entrevista que le hice (esto tuvo que ser después de abril de 2002, quizá también después de marzo de 2003, cuando el jefe del Comando Regional N° 7 de la Guardia Nacional, general Alexis Maneiro Gómez, presentó “pruebas contundentes” que vinculaban a De Lima con saboteadores; e incluso, en 2004, cuando el nuevo líder de la revolución fue llevado a juicio por el delito de peculado culposo, tipificado en el artículo 53 de la Ley Contra la Corrupción)… decía, pues, que le hice una entrevista, fijada, a contravía de mis preferencias, en un restaurante.

Al llegar a la mesa, ubicada en el rincón menos transitado y ruidoso del local, en Sabana Grande (como le pedí, al aceptar que la entrevista se hiciera en un lugar público), me encontré con Pompeyo Márquez. Y con él estaba este hombre inmenso, vestido con impoluta guayabera blanca.

Se comportaba como attaché de Pompeyo, adelantándose a sus deseos y llamando a los mesoneros con aires de familiaridad. Un tipo simpático, sociable, dotado de habilidades de anfitrión. En algún momento, De Lima se lanzó con una tesis que Pompeyo y yo escuchamos con una mezcla de perplejidad e impaciencia como una pareja de amantes forzada a soportar la perorata de la chaperona.

De Lima tenía una conferencia muy bien montada. Se veía que la había soltado en varios escenarios. Su punto era la inconveniencia de la eliminación física del Presidente durante los hechos de abril, aun partiendo de que el jefe del Estado era la causa de todos los males presentes y futuros del país, fuente de toda perversión y motor, sin duda, de la muerte de otros. Pero De Lima era partidario de no incurrir en el homicidio por… y aquí era donde venía una disquisición acerca de lo insidiosos que pueden ser los mártires en política, de lo inoportuno del crimen “en determinadas circunstancias”. Ante el hieratismo de su audiencia (a veces interrumpido por Pompeyo, que contestaba un celular a gritos), el disertante concluyó. Hizo una pausa. Nos miró y agregó: “Aparte de que es un delito”. Era evidente que De Lima estaba desplegando ante Pompeyo las pruebas de su pragmatismo, de que no es carajo de andarse con tiquismiquis, que puede hilar fino y que, en suma, no es tan bruto como parece. Recuerdo el episodio con toda claridad porque por varios días lo estuve contando con todos sus detalles a mis amigos.

Este es el vocero que el oficialismo ha escogido para regar la especie según la cual la Mesa de la Unidad Democrática tiene dos documentos: uno, con el que ganará las elecciones, y otro, con el que se vengará del pueblo que votó por su candidato, Henrique Capriles.

Y no es el único. Ya hemos visto que han salido otros. De similar estatura. Ya sabemos cuáles son las motivaciones del régimen para buscar supuestas figuras de la oposición para detonarla desde dentro. Y ya hemos visto la catadura de lo que logran reclutar: pesca menor, politicastros cuya trayectoria ha estado signada por los bandazos, la medianía y la carencia absoluta de liderazgo.

Pero, ¿por qué acepta un hombre tan vil encargo?. Eso también está a la vista: porque el cinismo está en su naturaleza, por dinero, para cancelar deudas pendientes en los tribunales o para pescuecear (sin importar a qué precio). Y también está, por increíble que parezca, el rencor de quienes abrigan la íntima convicción de que les han escamoteado el lugar que les corresponde, cual es el de ser el asesor más cercano del candidato, el pivote del partido, la firma al pie del programa del próximo gobierno… o estar en el lugar de Capriles. Por estrafalario que suene.

 

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