La ignorancia camina en dos patas

Por Soledad Morillo Belloso

Don Mario Briceño Iragorry

Me precio de ser una persona muy tolerante. No tengo sesgos racistas, ni clasistas, ni religiosos. No desprecio a la gente por sus pensamientos políticos ni sus ideologías (cuando las tienen). Encuentro fascinante la diversidad humana. Pero tengo (lo confieso) intolerancia genética, más que a la brutalidad, a la ignorancia que exhiben algunos con una osadía insultante que da grima y repelús.

Es el caso del actual gobernador del Estado Trujillo, ciudadano Hugo Cabezas, quien no es más ignorante porque no entrena. Este individuo, de muchas penas y pocas luces, se ha permitido emitir una ley decreto condenando nada menos que a Don Mario Briceño Iragorry, quien – quizás en su supina estupidez el gobernador no lo sabe – es una de las glorias del pensamiento y las letras venezolanas.

El texto del decreto rubricado por el minusválido intelectual gobernador dice tanta y tanta barbaridad, que más bien parece redactado por un “homo erectus” y no un ”homo sapiens”. En esas líneas, a las cuales se les ha puesto el sello oficial de la gobernación, el ciudadano Cabezas lista una serie de considerandos, a cual más patético, que concluyen en un dictamen a según el cual Don Mario es confinado al exilio de la historia, como si tal cosa fuere posible.

A Cabezas, quien como bien me apuntan firmaba con una “X” los documentos oficiales cuando estaba en el cargo de director de la Onidex, le informo que cuando se refiera a Don Mario Briceño Iragorry es bueno que se quite la boina de fieltro barato, incline la testa, guarde silencio en absoluta señal de respeto y agradezca a Dios Todopoderoso, a la Virgen María, a las ánimas benditas y a todos los santos el haber nacido en la misma tierra que fue la patria de Don Mario.

Y como seguramente algún “cagatintas” de esos que pululan por las oficinas del gobierno le escribió el texto del fulano decreto, al redactor fantasma y al ciudadano gobernador paso a ilustrarle sobre este venezolano superior, el de “la piedad heroica”, no porque crea que algo habrán de aprender sus anoréxicos cerebros, sino, más bien, porque no se puede permitir que la ignorancia que camina en dos patas (más bien, se arrastra) haga destrozos y consiga enlodar el prestigio del trujillano ilustre. Es imperante quitarle las pulgas a este vergonzoso asunto.

Cabría un recuento biográfico de Don Mario, pero voy más bien a recurrir a sus letras, a su epistolario (palabra que deviene de epístola, no de pistola). En una carta fechada en Madrid el 13 de septiembre de 1955, Don Mario le dice a su yerno Miguel Ángel Burelli Rivas varias frases que iluminan el camino y que dan cuenta de la sapiencia del trujillano:

“… Como pueblo y como intelectuales, carecemos de primer piso. Hemos sido alegremente montados al aire. Adelantándome a presentar mi propia obra de hombre y de escritor como testimonio de esta realidad dolorosa, he insistido en forma fastidiosa sobre ese tema tremendo. Desde mi Caballo de Ledesma, aparecido en 1942, hasta mis más recientes ensayos: Mensaje sin destino, La tradición de los mejores, Aviso a los navegantes, Problemas de la juventud venezolana, he venido machaconadamente dando sobre esta circunstancia transida de angustia… No tenemos primer piso. Estamos montados al aire. Jamás símil más perfecto de nuestra realidad de pueblo o de nuestra específica realidad cultural. Nuestro país, en el área de la interioridad, sigue siendo realmente lo que este orden arquitectónico montado al aire. Carecemos de fondo donde hallen resistencia defensiva los grandes valores que constituyen lo humano. No tenemos primer piso…. A eso ha de tender la Universidad. Su fin es juntar y moldear hombres más que fabricar profesionales. Su principal empeño debe consistir en acercar a los jóvenes a la comprensión de una auténtica dimensión de lo humano, que los salve, por medio del equilibrio entre la libertad y el deber de caer en la filosofía de la angustia a que han sido empujadas las presentes generaciones. Es decir, la universidad debe ayudar al joven a hacerse una conducta. Si ayer esta misión fue negada y traicionada, hoy precisa llevarla a su más vigorosa autenticidad. Así la hora sea por demás difícil, la Universidad debe dar a la juventud luces que orienten su derrotero en medio de la profunda oscuridad de la hora terrible de un mundo arruinado por la propia inteligencia. Un retorno a las humanidades —lógica, letras clásicas, metafísica— pudiera hacer que en las nuevas promociones se avive el ansia de la sabiduría…”

Ese hombre, el que escribiera esas líneas impecables, es Don Mario Briceño Iragorry, el hombre de quien el gobernador Cabezas, cuyo apellido no es más que un adorno fofo, denuesta al emitir un decreto por demás anti trujillano. Don Mario Briceño Iragorry fue y es una de las cabezas más pensantes de nuestra amada patria. El sí tenía cabeza y “primer piso”.

No alcanzan las líneas para escribir con justicia sobre Don Mario. Ojalá los maestros y profesores en las aulas no permitan que de él se inventen infundios. O, peor aún, que se haga caso de leyecitas mal paridas por gobernadores sin cabeza.

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